Derecho de Mujer

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Mujeres del mundo uníos

Ideas, conceptos y pensamientos, Política, derecho a disentir. No estoy de acuerdo. Mi opinión también vale OK?.

Saturday, March 16, 2013

Friday, December 15, 2006


EL PAÍS 15/12/2006
TRIBUNA
Vergüenza para la justicia de Chile
PRUDENCIO GARCÍA

La impunidad del general Pinochet queda establecida para siempre en términos históricos. El fallecimiento del imputado en una causa penal produce su sobreseimiento automático y definitivo (artículo 93 del Código Penal de Chile). La urna que contiene sus cenizas es, por tanto, plenamente merecedora de llevar la siguiente inscripción: "Augusto Pinochet Ugarte: impune por defunción".
Al no haberse producido ni una sola condena en ninguna de sus numerosas causas penales, sus partidarios presentes y futuros se ocuparán de explotar al máximo esta joya que les regala la patética justicia de su país. Este tipo de dirigentes -pese a sus crímenes- siempre consiguen fervorosos partidarios en todas las áreas sociales, no sólo en los ámbitos militares, financieros, oligárquicos y de amplios sectores de las clases medias, sino también en los ámbitos académicos. No faltarán, sino que sobrarán, profesores, historiadores y tratadistas que dejarán, negro sobre blanco, que el general Pinochet fue un estadista intachable, ya que "jamás pudo ser condenado por la justicia, a pesar de las insidiosas calumnias de sus enemigos".
Recordemos, entre otras atrocidades, que en algunos de los antros de tortura pinochetistas, según revelan los testimonios prestados ante las dos comisiones oficiales de investigación (Rettig y Valech), se utilizaron feroces perros amaestrados para atacar y violar a las mujeres interrogadas como supuestas subversivas. Recordemos que, según acredita el informe oficial de la comisión presidida por monseñor Valech, 28.000 personas fueron torturadas y salvajemente humilladas, entre ellas varias decenas de ciudadanos españoles. Recordemos que, ante el tribunal británico que sentenció la entrega a España en extradición del ex dictador (después frustrada por la decisión política), el fiscal proclamó en la vista oral que "aquellos casos allí presentados eran los más atroces jamás vistos ante un tribunal inglés".
Recordemos también que el padre de la actual presidenta de Chile, entonces general de la Fuerza Aérea, fue torturado por sus propios subordinados y murió a consecuencia de los destrozos físicos sufridos. Recordemos que incluso la hoy presidenta Bachelet y su madre también fueron conducidas a las siniestras instalaciones de Villa Grimaldi, donde fueron en su momento torturadas y humilladas.
Recordemos igualmente que aquel individuo supuestamente enfermo -devuelto a su país por razones humanitarias, invocando su deteriorada salud-, nada más llegar al aeropuerto de Santiago abandonó la silla de ruedas (Y Pinochet "se levantó y anduvo", decíamos en estas mismas páginas comentando el chusco episodio), gesto que culminaba aquella tomadura de pelo de dimensiones transnacionales, consumada ante los ojos y la carcajada general de la opinión pública mundial.
Recordemos frases tan indignas como éstas: "Esas violaciones de derechos humanos que se me imputan fueron obra de mis subordinados, actuando fuera de mi conocimiento y de mi control". Infame argumento en boca de quien, en la cúspide de su poder y de su soberbia, decía aquello de que "en Chile no se mueve una hoja sin que yo lo sepa". Y aquel iracundo "la DINA soy yo", rotunda frase con la que, ante las reticencias de algún general, apoyó las actuaciones de la criminal organización en el extranjero, incluidos los asesinatos de su antecesor el general Carlos Prats y su esposa (Buenos Aires, 1974), el del dirigente democristiano Bernardo Leighton y la suya (Roma, 1975), y el del ex ministro de Allende, Orlando Letelier, con su secretaria (Washington, 1976).
"Sabíamos que mandó matar, pero creíamos en su honradez", decían algunos de sus antiguos seguidores. Inocente o interesada creencia, que se desvaneció ante las evidencias del caso Riggs, cuando todo el mundo supo que no sólo mandó matar sino que también mandó robar astutamente, mediante diversas manipulaciones financieras, ordenando a sus hábiles administradores evadir capitales, defraudar impuestos, falsificar documentos, cobrar cuantiosas comisiones ilegales, y poner sus millones de dólares a buen recaudo, en la misma banca utilizada por otros ilustres estadistas y mafiosos de similar catadura moral.
La justicia chilena cargará para siempre con la inmensa vergüenza de haber sido incapaz de juzgar a un desalmado criminal, habiendo dispuesto, para hacerlo, de seis años y nueve meses, desde el regreso de Inglaterra del ex dictador. Tiempo sobrado para desaforarle y procesarle -como se hizo repetidamente- por muy diversos casos de secuestros, torturas, asesinatos y robos millonarios de guante blanco. Pero también tiempo sobrado para juzgarle y condenarle.
Hubiera bastado una única condena por uno solo de sus crímenes -sin necesidad de pisar la cárcel-, para que Pinochet hubiera adquirido la condición oficial de delincuente, dato de considerable importancia para la posteridad. Pero, al no haber recibido condena alguna, se ha salvado incluso el funeral militar. Penoso espectáculo, el de unos honores militares para quien ordenó una represión que incluyó matar, secuestrar, torturar a miles de sus conciudadanos civiles, llenar clandestinamente numerosas fosas comunes y arrojar cadáveres al mar, según consta en miles de folios judiciales. Honores castrenses para un jefe indigno que arrojó sobre sus subordinados, que le obedecían ciegamente, la responsabilidad de las decisiones criminales que él mismo tomó y cuya ejecución siempre controló.
Por añadidura, el general, como si se tratara de su última y más sarcástica burla, ha ido a morir en una fecha emblemática: el 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos, conmemoración de su Declaración Universal. Enhorabuena, general.

Tuesday, December 20, 2005



GRACIAS A LA VIDA... QUE ME HA DADO TANTO

VIOLA CHILENSIS

Wednesday, December 07, 2005

El amor es una droga dura

—¿Tienes psicoterapeuta? —preguntó él—. No le gustaba la gente que iba al psiquiatra o al psicoanalista. Estaban siempre muy inseguros, muy confundidos, y tenían que obtener la aprobación del psicoterapeuta hasta para ir a cenar con un amigo. Se volvían muy temerosos, muy cuidadosos de sí mismos, aunque, en realidad, quien oficiaba de autoridad paterno-maternal era el terapeuta.
—Sí —confirmó ella—, aunque no estoy muy satisfecha. Es un hombre —dijo—. No le tengo mucha confianza. Me parece que me complica aún más la vida— («Entonces, ¿para qué vas?», le preguntó Javier mentalmente)—. Creo que quiere tener relaciones sexuales conmigo.

«¿Y quién no?», reflexionó él. ¿Por qué le parecía a ella tan extraño que su psicoterapeuta estuviera enamorado de ella? Bien, Nora no había dicho que su psicoterapeuta estaba enamorado de ella, sino que creía que deseaba tener relaciones sexuales con ella. Y seguramente consideraba que eso no era correcto porque se trataba de un psicoterapeuta. ¿Consideraría ella correcto, adecuado, que su ex fotógrafo tuviera intenciones de acostarse con ella?

—No sé por qué te cuento estas cosas —rió Nora—. Seguramente para ti no tiene la menor importancia. Estarás muy ocupado...
—Por favor —suplicó él—. Puedes confiar en mí y contarme todo lo que quieras. Me interesa muchísimo todo lo que te concierne. Además, no estoy muy ocupado. No tengo nada que hacer, en este momento.
—Si hoy es veintiséis y martes —afirmó ella, súbitamente segura—, tengo clase de gimnasia a las cuatro, psicoterapeuta a las ocho y luego, ensayo general.
—¿Ensayo de qué? —preguntó él, comprendiendo angustiado, que su cita se postergaría.
—Estoy ensayando una obra de teatro —informó Nora—. Nada importante, me parece, pero a mí me hace mucho bien. Se llama El jardín de los cerezos, ¿la conoces?

La pregunta le pareció infame.

—Claro que la conozco —protestó—. Es Chéjov. Debo de haberla visto media docena de veces, en diferentes teatros del mundo.
—Discúlpame —dijo ella—. Olvidaba que eres un hombre muy culto y que ha viajado mucho.

Javier se preguntó si era una ironía.

—No tiene ninguna importancia —dijo—. Sólo quería saber si podíamos cenar juntos esta noche.
—No tengo la menor idea de la hora en que puede terminar el ensayo. ¿Sabes? Somos aficionados. Todos tenemos otros trabajos, de día, y sólo podemos reunirnos de por la noche, tarde. Pero para mí es muy importante. Creo que interpretar un papel me equilibra emocionalmente. Me desequilibro con bastante facilidad.

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El amor es una droga dura / Cristina Peri Rossi
Seix Barral / Buenos Aires, 1999

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Como ser mujer y no morir en el intento. Humana, ¿Libre? Niña/mujer. Mujer/Niña. Sospechosa y sospechante. Condenada a estar viva. Nacida para morir. Un hijo como su mayor virtud. Libre pensadora, pesada y antipática por naturaleza. Fiel a mis principios. Me cargan las apariencia y lo falso, los que no reconocen sus raíces, ni su clase, los arribistas. La falsedad, la mimesis y la mentira sólo las acepto en el arte. NUNCA en las relaciones personales. Terriblemente curiosa. Egoista y solidaria a la vez, contestataria, ufff. COMPLEJA. Extraña, extranjera de mí misma. SIEMPRE: ¡Al borde de un ataque de nervios!